Del transporte público de pasajeros

Pablo J. Acosta Ríos

El problema del transporte público de pasajeros en este país es muy complejo; como lo son realmente todos los problemas que enfrenta Venezuela. Es necesario precisar esta verdad de Perogrullo antes de intentar un breve análisis del tema. También es necesario establecer que este artículo no cae en generalizaciones insensatas; cada lector, y sobre todo cada transportista, sabrá a quién o a quiénes me refiero.
Hasta principios de la década de 1970 (siglo 20), el servicio de transporte público de pasajeros era suministrado por los propios concejos, mediante empresas municipales -o nacionales- de transporte, que en algunos casos, como en Caracas, compartían responsabilidades con empresas privadas, reguladas por las ordenanzas respectivas.
La mayoría de estas empresas, públicas y privadas, ofrecían un servicio de calidad bastante razonable. Generalmente -no siempre, por supuesto- sus autobuses circulaban por el canal derecho (lento) de la vía, solo embarcaban y desembarcaban pasajeros en las paradas demarcadas, sus conductores iban uniformados a veces hasta de corbata, cumplían más o menos los horarios establecidos; y, a pesar de Aquiles Nazoa (Autobuses con radio), no se atormentaba a los usuarios con música (bulla de mal gusto en casi todos los casos) a máximo volumen.
Los llamados “carritos por puesto” eran vehículos tipo sedan, de cinco asientos, cuyos conductores eran miembros de asociaciones civiles o cooperativas.
Hacia 1974, a raíz de la creación de la ahora extinta Corporación de Desarrollo de la Pequeña y Mediana Industria (CORPOINDUSTRIA), el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez estimuló la creación de cooperativas de transporte público en todas sus modalidades, en el marco de su pretendida política de pleno empleo, y cuya justificación fue “liberar a los trabajadores (conductores) del yugo de los empresarios del transporte”. Obviamente, una trampa cazabobos, como se vería más tarde, pues el cooperativismo no deja de ser sino una variante quizás atenuada del capitalismo explotador.
La idea del inefable Pérez y su equipo de gobierno, en aquellos años de “democracia con energía” y de administración de la abundancia “con criterio de escasez”, era la de hacer de cada conductor un propietario de su vehículo asociado en cooperativa o sociedad civil, para así brindar un más eficiente servicio de transporte en las ciudades.
Espejismo… Pronto proliferaron en todo el país cooperativas y asociaciones civiles de transporte de pasajeros, cuya primera misión, incluso antes de comenzar a prestar sus servicios al público, fue presionar para acabar con las pocas empresas de transporte de pasajeros del Estado que aún existían, lo cual significó la desaparición casi absoluta de los autobuses y los “carritos por puesto” de cinco asientos, devenidos ahora en camionetas tipo van de nueve o más puestos; es decir, los autobuses se dividieron en tres o cuatro de estas camionetas, los “carritos por puesto” se fundieron dos o tres en una de estas camionetas.
Estas organizaciones se agremiaron en sindicatos y federaciones que pronto, muy pronto, se hicieron lo suficientemente poderosas como para chantajear a los gobiernos de turno. Y pronto, muy pronto, además, apareció la tendencia capitalista del monopolio, y los dueños de vehículos más ambiciosos terminaron comprándoles a los menos avispados los suyos. Entonces, convertidos súbitamente en presidentes eternos de las cooperativas, y en dueños de varios carros, también se volvieron empresarios explotadores (que ya no conducen; es decir, no trabajan): Nacía la figura del “avance”, trabajador tercerizado, sin ningún beneficio legal, que debe completarle una cuota al dueño del carro antes de comenzar a ganarse él su sustento. Comenzaron así a rodar los vehículos sin descanso, convirtiéndose en chatarras ambulantes, sin ningún tipo de comodidad para el usuario. Y se entabló la batalla, nunca ganada por los gobiernos, de las tarifas, siempre aumentadas so pena de un paro de transporte mata votos.
Y para colmo, abandonaron las rutas “menos rentables”, el concepto de circunvalación, con lo cual dejaron sin servicio a muchas comunidades de las grandes ciudades del país, rutas que sí eran servidas por las empresas estatales. O, en el mejor de los casos, se las repartieron entre varias líneas, obligando así a los usuarios a tomar dos o más unidades para llegar a sus destinos. La privatización del transporte público de pasajeros, en suma.
Ahora, algunos de estos sindicatos (en el peor de sus significados) pretenden llevar a cabo una “hora 0” en “defensa” de sus “derechos” ante la inminente puesta en servicio del Bus-Caracas, en la capital de la República. Es decir que, no conformes con el caos que promueven en la ciudad deteniéndose donde mejor les parece, irrespetando semáforos y señales de tránsito, circulando inclusive a contravía cuando les parece, invirtiendo lo menos posible en el mantenimiento de las unidades-chatarra, incumpliendo olímpicamente horarios (no salen de su “parada terminal” sino cuando el carro está repleto de pasajeros, de manera que quienes están esperando en la vía, o se quedan perdiendo tiempo o lo abordan ya convertido en “lata de sardinas”), etc., también se niegan a permitirle al pueblo un servicio de verdad humano, cómodo, digno.
Pues, este cronista no pierde la esperanza de que algún alcalde, gobernador o presidente les quiebre el espinazo a las mafias del transporte público de pasajeros, lo democratice y lo dignifique, para bien de quienes en él trabajan y de quienes de él se sirven.
Otro día hablaré del transporte de carga… Y de los motorizados…
¡Por el adecentamiento del transporte público de pasajeros! ¡Sí a los sistemas metropolitanos de transporte! ¡Sí al Bus-Caracas! ¡Viviremos y venceremos!./DiarioVea

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